Al recordar nuestra infancia, encontramos múltiples historias de juego. Parece que nuestra niñez se centraba solo en jugar. Surgía la creatividad al inventar un juego, la recursividad al utilizar objetos para nuestra diversión, hacíamos equipos y por supuesto jugábamos en solitario también. Así que el juego ocupó gran parte de nuestra historia infantil.
Los niños y niñas de la generación actual, no son tan diferentes, pues todos coincidimos en lo mismo: JUGAR!
Sin embargo, cuando somos adultos ¿qué pasa con ese importante verbo? ¿Cuánto jugamos con nuestros chicos? ¿A qué jugamos con ellos? ¿Cuál es el lugar que ocupa el juego en nuestros hogares? ¿Qué tanto nos interesamos en los juegos de nuestros hijos? Recordamos ¿qué hacíamos con nuestros padres? ¿Qué era lo que más nos gustaba compartir con ellos?
Es importante reflexionar sobre el concepto de juego que nosotros los adultos manejamos, ya que depende mucho de esa idea que tenemos, para darle el lugar que le corresponde.
Entonces, ¿qué es juego?
El juego es la forma más eficaz de incorporar a nuestros chicos en el medio que les rodea, de relacionarse con los demás. Es toda una oportunidad para compartir con ellos, aprovechar y reforzar aspectos tan importantes como las normas de la sociedad a la cual pertenecemos, cimentar conceptos como el trabajo en equipo, el respeto por el otro; aprender a dar y a recibir; a ganar, a empatar y a perder. Es la posibilidad de fortalecer valores, incentivar la creatividad, la imaginación, la recursividad, la motricidad fina y la gruesa… en fin! Hay tanto dentro de un juego y qué mejor que acercarse a ellos, darles nuestro conocimiento, escuchar el de ellos, incluso cuando se tratan de videojuegos y por supuesto aprender de esa capacidad de disfrutar y admirarse con las cosas simples.
Es necesario comprender que aunque los niños no juegan para aprender, aprenden jugando y que durante el juego, los niños y las niñas desarrollan nuevas habilidades y prueban diferentes papeles. Es así como el juego se encuentra significativamente relacionado con la resolución creativa de problemas, el comportamiento social, el pensamiento lógico, los coeficientes de inteligencia, la capacidad de integración, liderazgo entre otros.
Los niños y las niñas que no juegan, o que no juegan tanto como otros niños y niñas, tienen un mayor riesgo de dificultades emocionales, afectivas, intelectuales y sociales. Para aprovechar plenamente los beneficios de jugar, los niños necesitan adultos que les apoyen, que reconozcan el valor del juego y que los estimulen ofreciéndoles un ambiente seguro para jugar.
Todos sabemos que los niños y niñas no juegan a lo largo de la vida de la misma manera. A pesar de que el juego evoluciona de acuerdo con la edad, no desaparece la forma de juego interior, sino que se transforma y se hace más compleja, de allí que muchos adultos aún mantenemos vivo ese espíritu del juego.
Entonces, como la clave del desarrollo está en el juego, la invitación es a vivirlo y pensarlo como un proceso vinculante y constructivo.
viernes, 26 de febrero de 2010
martes, 9 de febrero de 2010
¿Qué escenario familiar ofrecemos a nuestros hijos?
Por mucho tiempo se aceptó que todas aquellas actividades relacionadas con la producción de recursos económicos y materiales, la esfera pública, era dominio de lo masculino, mientras que las actividades destinadas a la reproducción biológica, de manifestación de afectos y valores, las orbitas privadas, eran territorio de lo femenino.
Con los años, la mujer incursionó en la esfera pública tímidamente y poco a poco consiguió ser aceptada por su contraparte masculina. No obstante, cuando se ha demandado la presencia del hombre en la esfera doméstica, se encuentra una mayor resistencia, en ocasiones de las dos partes. Cuestionar esta demanda nos dirige a reflexionar sobre la forma y contenido en la construcción de relaciones familiares, relación de pares, en la promoción y reproducción de estereotipos excluyentes e inequitativos de actuación de los hombres sobre las mujeres e incluso de niños y niñas, tanto en la familia, el colegio y hasta en los mensajes de los medios de comunicación.
Esta situación de inequidad entre los géneros conduce a plantear la necesidad de abordar y visualizar la participación masculina en las diferentes órbitas de la vida social, donde un buen punto de partida lo aportamos nosotras, las mujeres.
Como madres, culturalmente se nos ha encomendado la tarea de socializar a nuestros hijos e hijas. Es allí donde, en la medida que los eduquemos en igualdad de condiciones, se podrá tener mayor participación de ellos en la esfera de lo privado y se abrirán mejores espacios para ellas, en el ámbito público. Por ejemplo, muchos evitan que los hijos varones jueguen a la cocinita o con muñecas o que las niñas jueguen con carros o herramientas. Pero eso si, se espera que aun de niños, los varones intervengan en las tareas domésticas y que al ser adulto cambie pañales. O que ellas puedan acceder a cualquier tipo de profesión, incluso los trabajos mecánicos. También se escucha en algunos hogares manifestaciones como “Los hombres no lloran”, limitando la expresión de emociones y/o sentimientos en los varones. En cambio, a las niñas se les suele reforzar la expresión de sus sentimientos, de ser más sensibles. Es así como estas ideas preconcebidas y la concepción que tengamos de ser hombre y de ser mujer, influyen en la forma como socializamos a nuestros hijos y como vamos forjado su personalidad.
En el caso de las nuevas madres, antes de esa “primera vez” ninguna de nosotras hemos tenido experiencia previa para cambiar pañales, alimentar y/o bañar a nuestros hijos, cuidarlos, cantarles, comprenderles, leer sus llantos, etc. Tampoco la tienen los hombres que son nuevos padres. Así que evitemos detener su iniciativa al cuidar o hacerse cargo del bebé, con comentarios tales como “esto es cosa de mujeres” ó “deja yo lo hago porque se te puede caer el bebé”. Así, poco a poco podremos construir un ambiente más incluyente para nuestros esposos y por extensión, para nuestros hijos.
Desde el rol de esposas, podemos incentivar la participación del cónyuge a partir del diálogo constante, concertar acuerdos en un proyecto de crianza, basado en el ejemplo. Es así como, si ambos padres trabajamos, cocinamos, nos divertimos, nos expresamos nuestros sentimientos, etc., nuestros hijos vivirán procesos de aprendizaje con una representación del mundo y de las relaciones donde su identificación primaria partirá de esta nueva construcción.
Esta construcción como hemos visto, debe tener en cuenta en sus contenidos y significados, una perspectiva de género, tomando el ser hombre y mujer en un aspecto netamente cultural, donde el ser “hombre” no signifique que lo estemos educando para ser personas aparentemente fuertes de carácter, pero que en el fondo estén siendo vulneradas por profundos vacios afectivos e incapacidades comunicativas y expresivas.
Reflexionemos acerca del escenario familiar que estamos ofreciendo y evaluemos qué estamos trasmitiendo, qué modelos paternos y maternos permitirán la identificación, imitación o diferenciación, etc., cómo estamos afectando esa construcción de identidad de género de nuestros niños y niñas. Es posible que el secreto resida en la diversidad: cualquier persona puede desempeñar cualquier actividad independientemente de su sexo.
Con los años, la mujer incursionó en la esfera pública tímidamente y poco a poco consiguió ser aceptada por su contraparte masculina. No obstante, cuando se ha demandado la presencia del hombre en la esfera doméstica, se encuentra una mayor resistencia, en ocasiones de las dos partes. Cuestionar esta demanda nos dirige a reflexionar sobre la forma y contenido en la construcción de relaciones familiares, relación de pares, en la promoción y reproducción de estereotipos excluyentes e inequitativos de actuación de los hombres sobre las mujeres e incluso de niños y niñas, tanto en la familia, el colegio y hasta en los mensajes de los medios de comunicación.
Esta situación de inequidad entre los géneros conduce a plantear la necesidad de abordar y visualizar la participación masculina en las diferentes órbitas de la vida social, donde un buen punto de partida lo aportamos nosotras, las mujeres.
Como madres, culturalmente se nos ha encomendado la tarea de socializar a nuestros hijos e hijas. Es allí donde, en la medida que los eduquemos en igualdad de condiciones, se podrá tener mayor participación de ellos en la esfera de lo privado y se abrirán mejores espacios para ellas, en el ámbito público. Por ejemplo, muchos evitan que los hijos varones jueguen a la cocinita o con muñecas o que las niñas jueguen con carros o herramientas. Pero eso si, se espera que aun de niños, los varones intervengan en las tareas domésticas y que al ser adulto cambie pañales. O que ellas puedan acceder a cualquier tipo de profesión, incluso los trabajos mecánicos. También se escucha en algunos hogares manifestaciones como “Los hombres no lloran”, limitando la expresión de emociones y/o sentimientos en los varones. En cambio, a las niñas se les suele reforzar la expresión de sus sentimientos, de ser más sensibles. Es así como estas ideas preconcebidas y la concepción que tengamos de ser hombre y de ser mujer, influyen en la forma como socializamos a nuestros hijos y como vamos forjado su personalidad.
En el caso de las nuevas madres, antes de esa “primera vez” ninguna de nosotras hemos tenido experiencia previa para cambiar pañales, alimentar y/o bañar a nuestros hijos, cuidarlos, cantarles, comprenderles, leer sus llantos, etc. Tampoco la tienen los hombres que son nuevos padres. Así que evitemos detener su iniciativa al cuidar o hacerse cargo del bebé, con comentarios tales como “esto es cosa de mujeres” ó “deja yo lo hago porque se te puede caer el bebé”. Así, poco a poco podremos construir un ambiente más incluyente para nuestros esposos y por extensión, para nuestros hijos.
Desde el rol de esposas, podemos incentivar la participación del cónyuge a partir del diálogo constante, concertar acuerdos en un proyecto de crianza, basado en el ejemplo. Es así como, si ambos padres trabajamos, cocinamos, nos divertimos, nos expresamos nuestros sentimientos, etc., nuestros hijos vivirán procesos de aprendizaje con una representación del mundo y de las relaciones donde su identificación primaria partirá de esta nueva construcción.
Esta construcción como hemos visto, debe tener en cuenta en sus contenidos y significados, una perspectiva de género, tomando el ser hombre y mujer en un aspecto netamente cultural, donde el ser “hombre” no signifique que lo estemos educando para ser personas aparentemente fuertes de carácter, pero que en el fondo estén siendo vulneradas por profundos vacios afectivos e incapacidades comunicativas y expresivas.
Reflexionemos acerca del escenario familiar que estamos ofreciendo y evaluemos qué estamos trasmitiendo, qué modelos paternos y maternos permitirán la identificación, imitación o diferenciación, etc., cómo estamos afectando esa construcción de identidad de género de nuestros niños y niñas. Es posible que el secreto resida en la diversidad: cualquier persona puede desempeñar cualquier actividad independientemente de su sexo.
martes, 19 de enero de 2010
Relaciones de pareja: ¿Simétrica o complementaria?
- Partiendo de los comentarios en las entradas del documento Hombres y Mujeres : ¿Iguales o diferentes?, surgió la necesidad de ampliar las formas de relacionarse con unos y otras. De allí que dentro de las relaciones de pareja existen dos tipos de interacción: complementariedad y simetría. Estos se refieren a dos categorías básicas inmersas en los intercambios comunicacionales. Ambas cumplen tareas importantes y están presentes, de forma alterna, actuando en distintas áreas, siendo usual y necesario, que los miembros de la pareja (ya sea homosexual o heterosexual), se relacionen simétricamente en algunos espacios y de manera complementaria en otros.
En una relación complementaria, dos personas intercambian tipos diferentes de conducta, distintas pero interrelacionadas, de forma que al final se “complementan”: Una da y la otra recibe o una enseña y la otra aprende, una se halla en posición superior y la otra es secundaria, una ofrece ayuda y la otra la acepta, una da consejos y la otra los sigue, etc. Se presenta así un carácter de mutuo encaje de la relación, en la que ambas conductas tienden cada una a favorecer a la otra. Ninguno de los integrantes impone al otro una relación complementaria, cada uno de ellos se comporta de una manera que presupone la conducta del otro, al mismo tiempo que ofrece motivos para ella: sus definiciones de la relación coinciden.
En el caso de una relación simétrica, se intercambia el mismo tipo de conducta entre dos individuos; uno y otro pueden indistintamente tomar la iniciativa, criticarse, aconsejarse, etc. En esta relación no existen dos posiciones, está basada en la igualdad y existe el peligro de la competencia o rivalidad: cuando uno manifiesta haber tenido éxito, el otro señala que también él ha conseguido objetivos de dificultad similar.. Cuando se pierde la estabilidad en una relación simétrica, se produce frustración en uno de los miembros de la pareja, generando así una serie de disputas, tratando de lograr de nuevo la simetría incluso dentro del conflicto. Se observan comportamientos alusivos a “tu me la haces, yo te la hago también”. La única forma de acabar con este tipo de conflicto es que uno de los miembros de la pareja decida abandonar la batalla.
Cada pareja decide el modelo de relación que la caracterizará, lo importante es tener en cuenta los valores que se le agregan tales como el respeto, la tolerancia, la autonomía y por supuesto el dialogo.
martes, 15 de diciembre de 2009
¿Qué mensaje enviamos a nuestros hijos?
La forma como utilizamos las palabras puede ser clave a la hora de enviar un mensaje y que llegue como deseamos que sea interpretado.
Es importante clarificar primero qué es lo que queremos decir y a partir de allí, escoger dos elementos importantes: Forma y fondo. La primera hace referencia a la comunicación análoga o lenguaje no verbal que utilizamos al acompañar una frase, es lo que muchos llaman “el tonito”. La segunda se define como comunicación digital, las palabras en si, es decir, el contenido.
Al momento de impartir una norma, es importante acompañarla de un lenguaje firme, seguir, sin titubeos, sin gritar, ni ser agresivos. Así mismo el contenido debe ser claro y acorde a lo que esperamos decir.
En el tema con nuestros hijos, muchas veces solemos utilizar expresiones como “necesito que te cepilles los dientes, ya”, “hazme el favor y te comes todo”, “Me haces tareas…” o “Mira cómo me tienes tu cuarto tan desordenado”. Al analizar estas frases y detenernos en las palabras resaltadas, podemos ver que el mensaje constante es que el hijo haga sus deberes no para sí mismo, sino para y por su mamá, papá o quien esté a cargo. Por el contario es necesario que el niño aprenda que los dientes son suyos y se los cepilla a sí mismo, que comer es un beneficio para él y no para sus padres, al igual que las tareas son responsabilidad de él, no es un favor para sus padres o cuidadores.
En la medida que se enseñe a clarificar sus responsabilidades y deberes, comprenderá la importancia de cuidar su cuerpo, alimentarlo y que las tareas tanto académicas como del hogar, que le hallan sido asignadas son su aporte, su compromiso por si mismo, no por otros, ni para otros.
Lograremos mejores resultados al utilizar expresiones como: “Ve y te cepillas los dientes” ,“es importante que termines tu almuerzo”, “Es el momento de hacer tus tareas”, “Recoge tus zapatos”, etc.
La invitación es para que prestemos atención a la forma y el contenido que, en lo cotidiano, utilizamos al momento de comunicarnos, no solo con nuestros hijos, sino con todos aquellos que nos rodean.
Es importante clarificar primero qué es lo que queremos decir y a partir de allí, escoger dos elementos importantes: Forma y fondo. La primera hace referencia a la comunicación análoga o lenguaje no verbal que utilizamos al acompañar una frase, es lo que muchos llaman “el tonito”. La segunda se define como comunicación digital, las palabras en si, es decir, el contenido.
Al momento de impartir una norma, es importante acompañarla de un lenguaje firme, seguir, sin titubeos, sin gritar, ni ser agresivos. Así mismo el contenido debe ser claro y acorde a lo que esperamos decir.
En el tema con nuestros hijos, muchas veces solemos utilizar expresiones como “necesito que te cepilles los dientes, ya”, “hazme el favor y te comes todo”, “Me haces tareas…” o “Mira cómo me tienes tu cuarto tan desordenado”. Al analizar estas frases y detenernos en las palabras resaltadas, podemos ver que el mensaje constante es que el hijo haga sus deberes no para sí mismo, sino para y por su mamá, papá o quien esté a cargo. Por el contario es necesario que el niño aprenda que los dientes son suyos y se los cepilla a sí mismo, que comer es un beneficio para él y no para sus padres, al igual que las tareas son responsabilidad de él, no es un favor para sus padres o cuidadores.
En la medida que se enseñe a clarificar sus responsabilidades y deberes, comprenderá la importancia de cuidar su cuerpo, alimentarlo y que las tareas tanto académicas como del hogar, que le hallan sido asignadas son su aporte, su compromiso por si mismo, no por otros, ni para otros.
Lograremos mejores resultados al utilizar expresiones como: “Ve y te cepillas los dientes” ,“es importante que termines tu almuerzo”, “Es el momento de hacer tus tareas”, “Recoge tus zapatos”, etc.
La invitación es para que prestemos atención a la forma y el contenido que, en lo cotidiano, utilizamos al momento de comunicarnos, no solo con nuestros hijos, sino con todos aquellos que nos rodean.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Hombres y Mujeres : ¿Iguales o diferentes?
Culturalmente se ha trabajado bastante el tema de hombres y mujeres, intentando responder la pregunta en torno a si somos iguales o diferentes. Y no se hace referencia al componente físico, pues es obvio que somos diferentes. Cada uno tenemos formas bien definidas (sin hablar de la estética).
La polémica surge a partir del rol como hombre o como mujer y si bien es cierto, el rol también es una herencia cultural, trasmitida de generación en generación, tanto hombres como mujeres invocamos igualdad y así debe ser en cuanto a derechos y oportunidades sociales, económicas, laborales, participación en el hogar, entre otros. No obstante, como seres existentes en cualquier lugar del mundo, no somos iguales y afortunadamente no. En la diferencia se alimenta una relación, cualquiera que esta sea. Entonces, ¿por qué pedimos a gritos igualdad en todo sentido, convirtiéndose en una lucha sin fin?
Se trata de comprender que hombres y mujeres no somos iguales, somos diferentes, no somos mejores unos que otros, cada uno estamos dotados de grandes riquezas, por lo tanto, somos complementarios y en este orden de ideas, tenemos la oportunidad de aprender del otro u otra, de aprovechar todo conflicto que se viva en lo cotidiano y por conflicto se hace referencia a cada asunto por resolver, indiferente de su complejidad, representando al fin y al cabo la oportunidad de tener un aprendizaje.
En la medida que clarifiquemos el concepto de complementariedad, se podrá aportar y recibir más dentro de cualquier tipo de relación, ya sea de pareja, laboral, de socios, hermanos, etc. Es importante conocer al otro u otra, así como conocer nuestras limitaciones, todo apuntando a un mismo norte. Es precisamente la diferencia la que permite que una relación avance, sea dinámica, es un enriquecimiento constante en la vida diaria.
Una relación es de dos, los dos aportan, contribuyen para que funcione dentro de su propia identidad relacional. De ahí que en la medida que respetemos la individualidad del otro u otra, tendremos relaciones más claras y funcionales.
La polémica surge a partir del rol como hombre o como mujer y si bien es cierto, el rol también es una herencia cultural, trasmitida de generación en generación, tanto hombres como mujeres invocamos igualdad y así debe ser en cuanto a derechos y oportunidades sociales, económicas, laborales, participación en el hogar, entre otros. No obstante, como seres existentes en cualquier lugar del mundo, no somos iguales y afortunadamente no. En la diferencia se alimenta una relación, cualquiera que esta sea. Entonces, ¿por qué pedimos a gritos igualdad en todo sentido, convirtiéndose en una lucha sin fin?
Se trata de comprender que hombres y mujeres no somos iguales, somos diferentes, no somos mejores unos que otros, cada uno estamos dotados de grandes riquezas, por lo tanto, somos complementarios y en este orden de ideas, tenemos la oportunidad de aprender del otro u otra, de aprovechar todo conflicto que se viva en lo cotidiano y por conflicto se hace referencia a cada asunto por resolver, indiferente de su complejidad, representando al fin y al cabo la oportunidad de tener un aprendizaje.
En la medida que clarifiquemos el concepto de complementariedad, se podrá aportar y recibir más dentro de cualquier tipo de relación, ya sea de pareja, laboral, de socios, hermanos, etc. Es importante conocer al otro u otra, así como conocer nuestras limitaciones, todo apuntando a un mismo norte. Es precisamente la diferencia la que permite que una relación avance, sea dinámica, es un enriquecimiento constante en la vida diaria.
Una relación es de dos, los dos aportan, contribuyen para que funcione dentro de su propia identidad relacional. De ahí que en la medida que respetemos la individualidad del otro u otra, tendremos relaciones más claras y funcionales.
viernes, 6 de noviembre de 2009
Cuestión de Normas
Muchos padres se preguntan cómo hacer para que sus hijos hagan lo que mamá y papá desean? Qué hacer para que sean “juiciosos” y “obedientes”? o también surgen preguntas como: Por qué mis hijos son tan desordenados? Pues bien, la respuesta está en la socialización que les hemos dado, lo que les hemos enseñado. Ninguno de nosotros llega al mundo con un manual bajo el brazo, ni tampoco con una personalidad definida. De manera que somos los padres y madres quienes vamos formando y moldeando el comportamiento de nuestro pequeños. Somos nosotros los orientadores que vamos preparándolos para su vida en la sociedad.
Entonces, qué hacer?
Lo primero es tener claro, como padres, lo que les enseñaremos a nuestros hijos. Es saber y decidir entre ambos progenitores, cuales son las metas y a partir de allí, crear las estrategias para lograr los objetivos. Suena muy técnico. Pero, si por ejemplo, deseamos generarles autonomía, debemos darles responsabilidades acordes a su edad. Enseñarles a vestirse, comer, bañarse, etc., por si mismos. Probablemente al principio no lo harán perfecto, sin embargo en la medida que se ejerciten lo lograrán. Nuestro papel es incentivarlos y motivarlos para fortalecer su proceso.
A través de la misma socialización, se establecen normas claras acordes a la edad de nuestros hijos. Es importante que los hijos sepan, lo que se espera de ellos, cuales son sus responsabilidades, los horarios para ver televisión, jugar, hacer tareas. Cual es el comportamiento adecuado en el lugar establecido. No obstante, es necesario recordárselos cuando lo incumplan. Permitámosles sentir que siempre pueden contar con mamá y/o papá.
Dentro de las normas, es igual de importante que ellos tengan claro las consecuencias de sus actos al cumplir o incumplir las normas. Vale la pena resaltar que impartir normas no es sinónimo de rigidez, sino por el contrario es darles seguridad a nuestros hijos, cuando se sabe qué hacer, qué se espera, cuales son las reglas del juego, es más fácil la convivencia.
Durante todo el proceso de socialización y formación, existen dos elementos primordiales el amor y el ejemplo. El primero les da la confianza básica que requieren para conocer su entorno y en cuanto al segundo, permite dar forma a lo que hemos verbalizado. No podemos exigir, ni esperar sinceridad en los hijos, si nosotros mentimos a ellos o a terceros.
Recordemos que los hijos son reflejo de sus padres, de su familia, de cómo se relacionan al interior del hogar.
Entonces, qué hacer?
Lo primero es tener claro, como padres, lo que les enseñaremos a nuestros hijos. Es saber y decidir entre ambos progenitores, cuales son las metas y a partir de allí, crear las estrategias para lograr los objetivos. Suena muy técnico. Pero, si por ejemplo, deseamos generarles autonomía, debemos darles responsabilidades acordes a su edad. Enseñarles a vestirse, comer, bañarse, etc., por si mismos. Probablemente al principio no lo harán perfecto, sin embargo en la medida que se ejerciten lo lograrán. Nuestro papel es incentivarlos y motivarlos para fortalecer su proceso.
A través de la misma socialización, se establecen normas claras acordes a la edad de nuestros hijos. Es importante que los hijos sepan, lo que se espera de ellos, cuales son sus responsabilidades, los horarios para ver televisión, jugar, hacer tareas. Cual es el comportamiento adecuado en el lugar establecido. No obstante, es necesario recordárselos cuando lo incumplan. Permitámosles sentir que siempre pueden contar con mamá y/o papá.
Dentro de las normas, es igual de importante que ellos tengan claro las consecuencias de sus actos al cumplir o incumplir las normas. Vale la pena resaltar que impartir normas no es sinónimo de rigidez, sino por el contrario es darles seguridad a nuestros hijos, cuando se sabe qué hacer, qué se espera, cuales son las reglas del juego, es más fácil la convivencia.
Durante todo el proceso de socialización y formación, existen dos elementos primordiales el amor y el ejemplo. El primero les da la confianza básica que requieren para conocer su entorno y en cuanto al segundo, permite dar forma a lo que hemos verbalizado. No podemos exigir, ni esperar sinceridad en los hijos, si nosotros mentimos a ellos o a terceros.
Recordemos que los hijos son reflejo de sus padres, de su familia, de cómo se relacionan al interior del hogar.
jueves, 22 de octubre de 2009
Maltrato Infantil
A lo largo de mi experiencia he tenido la oportunidad de conocer muy de cerca casos donde era usual el maltrato infantil. Durante mucho tiempo me pregunté por qué utilizar esta práctica como método de educación? De manera que con el tiempo pude acercarme a la respuesta.
Si bien es cierto existen muchos factores que intervienen en este aspecto, tales como la situación económica de la familia, los largos periodos de trabajo fuera de casa, el estrés de los padres, las relaciones con los miembros de las familias, etc. Adicionalmente media el tipo de educación o las pautas de crianza por las que pasaron quienes conforman una familia, su elección a construir. Sin embargo, considero que el mayor motivo, sino el único, por el cual padres y madres maltratan física, verbal y hasta psicológicamente a sus propios hijos, no es lo que el niño o niña hace en si, como un daño, una nota escolar no esperada, una desobediencia, una inadecuada respuesta, en fin, la lista es larga; sino lo que produce este hacer en la emocionalidad del padre o madre. Es la ira que siente el progenitor lo que genera una respuesta violenta en él. Lo que hace que desahogue su ira en su hijo o hija. Muchas veces ni siquiera se dan cuenta de hasta donde está llegando el descargue de su ira, solo después observan su huella. Especialmente cuando ese descargue es físico, porque cuando es verbal o psicológico no es fácilmente visible.
Es allí donde considero importante que como progenitores nos adentremos hacia nosotros mismos y aprendamos a manejar nuestros enojos, para poder corregir la conducta o comportamiento de nuestros hijos. Cuando esta corrección la hacemos de una manera tranquila y a la vez firme, analizando la situación, se tienen mejores resultados. Cada caso es diferente y surgirán inquietudes a resolver, pero por ahora los invito a reflexionar acerca de cómo manejamos nuestra ira, es necesario aprender a separar el estrés laboral, social, económico, de la forma como educamos a nuestros hijos. Esa hermosa parte de nosotros, esos seres a quienes amamos y que debemos recordar ese amor mucho más en aquellos momentos que requieren de nuestra orientación y hasta de un correctivo. Es hacer la comparación con otros, es decir, en nuestro lugar de trabajo también sentimos desilusión o ira, sin embargo, no por ello golpeamos a nuestros compañeros de trabajo o a nuestro jefe… eso es impensable! Por lo cual nos controlamos y lo manejamos de una manera diferente, entonces qué pasa con ese mismo control cuando sentimos enojo por las personas a quienes amamos? Más cuando esas personitas nos ven como lo más grande del mundo? Somos sus modelos, su referencia de amor, de socialización, a través de nosotros aprenden a conocer el mundo, a sentirse a gusto con ellos mismos, nos aman y esperan siempre sentirse seguros con nosotros. Entonces, démosles lo mejor de nosotros a ellos, hagamos que se sigan sintiendo seguros con nosotros, seamos unos modelos adecuados a seguir, tratémoslos como a nosotros nos gustaría que nos trataran si fuéramos niños o niñas. No es fácil, pero es necesario empezar.
Si bien es cierto existen muchos factores que intervienen en este aspecto, tales como la situación económica de la familia, los largos periodos de trabajo fuera de casa, el estrés de los padres, las relaciones con los miembros de las familias, etc. Adicionalmente media el tipo de educación o las pautas de crianza por las que pasaron quienes conforman una familia, su elección a construir. Sin embargo, considero que el mayor motivo, sino el único, por el cual padres y madres maltratan física, verbal y hasta psicológicamente a sus propios hijos, no es lo que el niño o niña hace en si, como un daño, una nota escolar no esperada, una desobediencia, una inadecuada respuesta, en fin, la lista es larga; sino lo que produce este hacer en la emocionalidad del padre o madre. Es la ira que siente el progenitor lo que genera una respuesta violenta en él. Lo que hace que desahogue su ira en su hijo o hija. Muchas veces ni siquiera se dan cuenta de hasta donde está llegando el descargue de su ira, solo después observan su huella. Especialmente cuando ese descargue es físico, porque cuando es verbal o psicológico no es fácilmente visible.
Es allí donde considero importante que como progenitores nos adentremos hacia nosotros mismos y aprendamos a manejar nuestros enojos, para poder corregir la conducta o comportamiento de nuestros hijos. Cuando esta corrección la hacemos de una manera tranquila y a la vez firme, analizando la situación, se tienen mejores resultados. Cada caso es diferente y surgirán inquietudes a resolver, pero por ahora los invito a reflexionar acerca de cómo manejamos nuestra ira, es necesario aprender a separar el estrés laboral, social, económico, de la forma como educamos a nuestros hijos. Esa hermosa parte de nosotros, esos seres a quienes amamos y que debemos recordar ese amor mucho más en aquellos momentos que requieren de nuestra orientación y hasta de un correctivo. Es hacer la comparación con otros, es decir, en nuestro lugar de trabajo también sentimos desilusión o ira, sin embargo, no por ello golpeamos a nuestros compañeros de trabajo o a nuestro jefe… eso es impensable! Por lo cual nos controlamos y lo manejamos de una manera diferente, entonces qué pasa con ese mismo control cuando sentimos enojo por las personas a quienes amamos? Más cuando esas personitas nos ven como lo más grande del mundo? Somos sus modelos, su referencia de amor, de socialización, a través de nosotros aprenden a conocer el mundo, a sentirse a gusto con ellos mismos, nos aman y esperan siempre sentirse seguros con nosotros. Entonces, démosles lo mejor de nosotros a ellos, hagamos que se sigan sintiendo seguros con nosotros, seamos unos modelos adecuados a seguir, tratémoslos como a nosotros nos gustaría que nos trataran si fuéramos niños o niñas. No es fácil, pero es necesario empezar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
